Ahora que nos encontramos ad portas de votar un plebiscito que pondrá en funcionamiento o no, el Acuerdo de paz logrado por el Gobierno del Presidente Santos con la guerrilla de las Farc, siento que debo ser responsable y socializar mi decisión y mi experiencia con la guerra de mi país.
Provengo de una familia humilde, mi padre un campesino de un Municipio de Cundinamarca, llamado Nimaima, y mi madre, una auxiliar de enfermería, nacida en Facatativá (también cundinamarca), que muy joven tuvo un accidente de trabajo y fue pensionada por invalidez laboral, jamás pudo volver a ejercer la enfermería, tengo una adorable hermana que sacó la pasión por la enfermería de mi madre y ahora es Jefe de enfermería en el Hospital Regional.
En vacaciones, mi familia y yo siempre nos desplazabamos a Nimaima, donde éramos acogidas en la casa de mis abuelos, el 6 de enero, se celebran las tradicionales ferias y fiestas, recuerdo que estaba comenzando mi carrera de derecho, tenía a lo sumo unos diecinueve años, mis padres y mi abuela habían decidido ir a ver un show de mariachis, que se presentaba en el parque central del Municipio y nosotras nos juntamos con mis primos y primas para ir a la piscina municipal.
Recuerdo, que iba a ser el medio día, cuando comenzamos a escuchar unas ráfagas de metralleta, y la gente comenzó a gritar, el administrador de la piscina Municipal, nos hizo salir y agacharnos frente a una pared, con la prohibición de pararnos a ver que estaba pasando, puesto que una bala perdida nos podía alcanzar. El desconcierto era total, como pudimos, nos secamos y arrancamos en huída hacia la casa de una tía, que estaba al final del pueblito, recuerdo los gritos de la gente, el desconcierto, todo el mundo salía corriendo, gritando, tratando de buscar refugio, yo tenía en mi mente a mis papás, no sabía nada de ellos, pero sabía que la ráfaga había iniciado en el parque, donde ellos estaban escuchando el mariachi.
No pudimos detenernos, corrimos con todos mis primos hacia la casa de mi tía, y al rato llegaron mis papás y mi abuela, sanos y salvos, estábamos como todos, con desconcierto, el Alcalde municipal, comenzó a avisar a la población a través de un parlante, que se decretaba toque de queda, hasta nueva orden, las ráfagas no paraban, y la gente comenzaba a murmurar de varios asesinatos.
Luego, cuando todo se calmó, ya no se escucharon más disparos, tomamos la decisión con mis padres de retirarnos a la finca, para nosotros y para toda la población habían acabado las ferias y fiestas del Municipio, en esa ocasión, dos policías fallecieron y dos guerrilleros fueron abatidos. Eran hijos de alguien, muy seguramente esposos de alguien, padres de alguien, ese día fallecieron cuatro hombres, por una guerra injusta.
Gracias a Dios, no tuve que lamentar haber perdido un familiar, pero esa experiencia de guerra son episodios que marcan la vida, la impotencia, la zozobra, el dolor. No recuerdo por cuanto tiempo no pudimos volver a vacacionar, los cultivos se perdieron, la incertidumbre fue grande, muchos desplazados por la violencia de Nimaima engrosaron las pequeñas y medianas ciudades. El miedo se había apoderado de la población.
Hoy después de más de una década tenemos una oportunidad histórica, pero debemos ser responsables en la toma de nuestra decisión.
He leído detenidamente los Acuerdos y la Sentencia del Plebiscito, y aunque no estoy de acuerdo con todos los puntos, siento que los colombianos nos merecemos tener un país en el que este tipo de situaciones no se vuelvan a presentar, quiero contribuir a que el día de mañana, mis hijos, mis sobrinos, jamás tengan que ser despertados con la noticia de una toma guerrillera, y mucho menos tengan que vivirla, quiero que ellos me recuerden como una ciudadana responsable, que contribuyó con su voto a darle viabilidad a un mejor país, a un país en paz.
El dos de octubre tenemos la oportunidad de decirle SI a la esperanza, al perdón, a la reconciliación. un SÍ al fin de una guerra absurda y odios infinitos. Un definitivo SI al amor.

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